sábado, 1 de diciembre de 2012

LA CRUZ DEL AVILA....:ILUMINA LAS NAVIDADES CARAQUEÑAS

TOMADO DEl FACEBOOK publicado por CARACAS en Retrospectiva.... Desde el 01 de diciembre de 1963, la Cruz del Ávila da inicio a la Navidad en nuestra Ciudad, llena de alegría las noches caraqueñas desde que se encendió por primera vez en 1963 en el Hotel Humboldt; convertida en un símbolo de la ciudad de fin de año. Su presencia desde cualquier angulo de la capital, nos transmite paz y nos reconcilia con la maltratada ciudad. ESTAMPAS CARAQUEÑAS: LA NAVIDAD BAJO EL RÉGIMEN COLONIAL Recopilación: Carmen Hernández Las primeras manifestaciones de celebración de la Navidad, se dieron en el contexto del régimen colonial. Las fuentes históricas se muestran poco rev eladoras en torno al surgimiento de la tradición; sin embargo, por conducto de los ritos de la iglesia católica y su empresa evangelizadora, están los primeros pasos para su establecimiento. Nada de banquetes, regalos y estrenos caracterizaron las Navidades de aquellos años de la recoleta ciudad. El Cabildo que reglamentaba las costumbres y tradiciones de Caracas, había perdido su conexión o control sobre esa realidad a principios del siglo XVIII, al desconocer sus obligaciones de asistencia a las fiestas religiosas en las que la ciudad hacía votos a sus patronos y santos. Por ello comisionó a quien fuera el primer historiador de Caracas, Don José de Oviedo y Baños, en 1703, para que rehiciera las Tablas de Fiestas, pero este encargo sólo estuvo concluido para el 17 de noviembre de 1710. En el mes de diciembre se celebraran tres eventos religiosos de obligatoria asistencia del Ayuntamiento, el 8 y 9 relativos a la Concepción de Nuestra Señora en la Catedral y el Convento de Monjas, y el 26 cuando se festejaba el segundo día de Pascua. Pero no todo se quedaba entre los muros de la iglesia y los conventos de Caracas. Habían otras costumbres caraqueñas que testimoniaron el entusiasmo del pueblo por la Navidad, a través de espectáculos que representaban las escenas bíblicas del nacimiento de Jesús en pesebres y jerusalenes. Estas representaciones, se hacían en los corrales de gente humilde o en residencias de familias “blancas, decentes y visibles”, según nos dice José Antonio Calcaño. Para ello se improvisaban tablados o tarimas donde se reproducían escenas de la casa de la Santísima Virgen, el Templo de Jerusalén, el Portal de Belén y la Casa de Zacarías. Al principio fueron representados con muñecos o marionetas, para luego hacerlo con personas. Tal costumbre adquirió también la categoría de espectáculo “empresarial”, como ocurrió en la ciudad en 1787, por iniciativa de Manuel Barboza, quien logró autorización para su representación del Gobernador Juan de Guillelmi. Para 1794 se había generalizado el espectáculo de los nacimientos vivos en Caracas, pero la censura se hizo presente por las mismas causas anteriores, lo que llevó a determinar a las autoridades civiles y eclesiásticas a prevenir “transgresiones”, prohibiendo la asistencia de ambos sexos al espectáculo de Manuel Barboza, sino una representación para hombres y otra para mujeres, eso sí, bajo el cuidado de un sacerdote. Con el inicio del año 1884 comienza en la ciudad otra variante de la tradición navideña, asociada al confort que se asoma con los signos de modernidad de la época guzmancista. Paseos, teatros, cafés, restaurantes, tiendas y almacenes, son concebidos para las clases pudientes. Allí también está presente el espíritu de la Navidad, fundamentalmente en lo que tiene que ver con las cenas de Noche Buena y Fin de Año, que se ofrecen en los restaurantes y elegantes posadas; en la Plaza Bolívar reciben las familias el Año Nuevo, anunciado por salvas de artillería desde la Planicie y el repique de campanas de La Catedral y las infaltables retretas. El Teatro Guzmán Blanco o Municipal, es propicio para ver nacimientos o escuchar villancicos y aguinaldos. El intercambio de regalos, lo que no excluye invitaciones para degustar en casas de familias, la tradicional hallaca, el pan de jamón, el dulce de lechoza y el jamón “aplanchado”; que son los elementos más simbólicos de la Navidad caraqueña. En estos años por cierto, hace su aparición en postales y tarjetas de Navidad, un personaje que comienza a rivalizar con el niño Jesús, el San Nicolás. Este será el comienzo de los obsequios para los niños como símbolo del amor que sienten estos personajes por la chiquillería, rememorando así la escena donde los Reyes Magos le llevan presentes al niño Jesús recién nacido. Pese a ser obvio, es pertinente aclarar que sólo los pequeños nacidos de familias acaudaladas, fueron los primeros beneficiarios de esta tradición que apenas comenzaba a asomarse, pues los niños pobres deberán esperar por tiempos más promisorios. Con el inicio del siglo XX, la agitación y el contento caraqueño por la Navidad, tenderá a acelerarse con la misma frecuencia que registran los cambios en la sociedad contemporánea. En la fiesta decembrina que anima a la friolenta Caracas, aparecerán nuevos signos emblemáticos de la Navidad que remozarán la tradición. Nos referimos a las parrandas, el arbolito y las patinatas. La vieja Caracas en indetenible tránsito a la nueva ciudad, experimentará un gusto especial por las parrandas navideñas. Estas parrandas eran animadas por improvisados músicos, en su mayoría hombres que “armados” de cuatro, tambor, maracas, panderetas, guires y el infaltable furruco, literalmente “secuestraban” el espíritu de la Navidad, y lo llevaban y traían de casa en casa, interpretando aguinaldos de inspiración propia y ajena: “Los hombres vestían (según Lucas Manzano) de «liquiliqui», alpargatas, pañuelos de madrás color rojo o azul en el cuello y nada de armas, por que ni la ocasión era propicia para ponerlas en uso, ni la calidad de la gente a quien había de animar la «parranda» lo reclamaban. No iban los parranderos a la buena de Dios, por esas calles a oscuras a parar donde los sorprendiera el reloj; ¡no señor!. El organizador seleccionaba entre sus amigos la persona a quien se iba a serenatear. Si estaba en posibilidad de asumir por cuenta propia el costo de los obsequios que habían de consumir, le metían el pecho a la carga; caso contrario, solicitaba ayuda de los parranderos, que siempre socorrieron a sus víctimas. Hecho lo cual, perfectamente organizados, comenzaban a ensayar los aguinaldos” Los parranderos improvisaban en la música de aguinaldos, mas no en el itinerario que se trazaban meticulosamente antes de incursionar y prender la estruendosa farra, que se iniciaba a las nueve de la noche y terminaba al siguiente día. Había además otros grupos de parrandas populares menos noctámbulos, que tenían de preferencia los templos de la ciudad. Con cierta impaciencia se apostaban a las puertas de las iglesias, y cuando el Sacerdote iba a dar comienzo a los sacramentos, irrumpían con la impetuosa alegría de sus notas musicales. Para las clases pudientes de Caracas, reacias a los escándalos propios de los conjuntos parranderos, existía para su deleite las estudiantinas, expertas en un excelente repertorio clásico de villancicos y aguinaldos. Otro importante símbolo de la Navidad caraqueña, de aquellos años representado en las alegres y madrugadoras patinatas que realizaban los muchachos y las muchachas por las calles, paseos y plazas de la ciudad. El patín como invento para el esparcimiento, fue introducido en Caracas hacia principios de los llamados “locos años veinte”. Opinión autorizada sobre esta tradición, es sin duda la del poeta caraqueño Aquiles Nazoa: “Nuestro amable “Pacheco” –fabuloso rey criollo de los aires decembrinos- no llega a darnos hielo para trazar en él signos mágicos con los filos de los patines; pero gracias al modelo de ruedas, el patinaje es entre nosotros deporte de invierno, e invernal en la alegría que nos comunica. Tampoco tenemos laderas cubiertas de mansa nieve, pero el genio del niño criollo creó su versión caraqueña del trineo –un cajón y cuatro ruedas de patín- y se lanzó a volar por las cuestas de la ciudad. Aquí están los patinadores, primer anuncio de la Navidad en Caracas. Algunos llevan flamantes “Kingston” bien ajustados al calzado de marca indescifrable; otros míseras «planchas» reconstruidas que se sujetan a las alpargatas con increíbles enredijos de guaral. Todos sin embargo dicen lo mismo: sus risas, sus canciones, el estruendo de sus ruedas son el indicio más cierto de que faltan pocos días para que el niño Jesús nazca en su Belén de cartón y paja teñida”

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